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Lunes, 13 de Marzon 2006
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Cheryl Studer, la grandeza de una voz

La soprano Cheryl Studer con el pianista Jonathan Alder

La gran soprano norteamericana ofreció en el Auditor! io un es pléndido recital

Miguel Ángel Nepomuceno león

Tuvimos en León, la fortuna de poder escuchar a Cheryl Studer acompañada al piano por el magnífico repertorista que es Jonathan Alder, atento, seguro y ductil a las exigencias de la cantante lo que no sucedió con el piano, en una de esas noches nefandas de las que últimamente tiene muchas.

Imponente y majestuosa se presentó Cheryl Studer ante el publico que acudió a la sala sinfónica del Auditorio, vestida con un amplio traje negro al que acompañaba un sobretodo a juego que la hacía aún más impresionante de lo que ya es por naturaleza.

La que ha sido y es una de las cantantes fetiche de Muti, a la que ha otorgado algunos de los papeles más emblemáticos de soprano dramática que hay escritos Studer se presentó en León con la voz fresca, muy timbrada, con el registro agudo extenso y “squillante” y los resonadores en óptimas condiciones para hacer todo juego de proyecciones, permitiendo que la voz corriera fluída y afinada por todo el Auditorio.

Dueña de una vocalización intensa y luminosa así como de una técnica sin fisuras, Studer es además una acabada actriz que borda cualquier papel sobre el escenario sin aparente esfuerzo como dejó demostrado en las tres arias menos atractivas del recital pertenecientes a “Le seduzione” de Verdi, en las que el excelente uso de la media voz, no palió lo más mínimo el poco gancho que estas tres obras tienen.

Cerró la primera parte con uno de sus caballos de batalla más socorridos y también más seguros y mejor interpretados como son los “Wesendonck lieder” de Wagner, en los que brilló su expresiva linea de canto.

Toda la melancolía de “Schmerzen” cantada a flor de labio, todo la delicadeza del onírico “Träume”, con un empleo perfecto de los resonadores, utilizando el buen gusto, la media voz, carnosa, envolvente ahíta de melancolía, soledad, renuncia y abandono, fueron algunos de los mejores momentos de la noche.

Studer, utilizó todos los recursos de su caudal canoro, para, a pesar de algunas limitaciones en la zona grave, resolverlos con inteligencia y sobriedad, haciendo de estos lieder wagnerianos una suerte de yunque de la voz a la que ayudó de forma decisiva su perfecta dicción unida a sus plateados agudos.

Con Barber y sus divertidas canciones no dio respiro al respetable que afrontó otras las tres canciones de Richard Strauss siguientes con la expectación de quien anhela encontrarse con la desnudez del alma a través de la irisación de una voz privilegiada.

Las cuatro propinas comenzando con Richar Strauss, continuando con Johan y su Murciélago, pasando por el canto de Elsa de Lohengrin y concluyendo con los arreglos Coplan para su Primavera Apalache, fueron las guindas inmarchitables de este suculento recital de Cheryl Studer.